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Rosa de saberes y amor

Un caudal poderoso recorre la ciencia en la actual Mayabeque: su vocación social, el ansia de transformar el paisaje humano desde la permanente inconformidad con su medio, la constante indagación y búsqueda de soluciones y la comunión con la naturaleza. Ese cauce fue fundado desde finales del siglo XVIII por nombres cimeros como Francisco de Arango y Parreño, José Antonio Saco o Fernando Valdés Aguirre, considerado Padre de la Geología cubana(en Güines), del químico Joaquín Aenlle (Santa Cruz del Norte) o del agrónomo e inventor Arturo Comas Pons (Bejucal), entre otros.

Vocación de servir y no de acumular méritos: la razón vertebral de nuestra ciencia y de su más alto ejemplo: Rosa Elena Simeón Negrín.

Nacida en Bejucal (17 de junio de 1943), su hogar obrero y de compromiso con la lucha social y contra la dictadura de Batista, insufla no solo amor al estudio, sino patriotismo y conciencia revolucionaria en la pequeña Rosa Elena.

Al Triunfo de la Revolución, ingresa en los CDR y la FMC (1961), alfabetiza a obreros de la dulcería Los Pinos Nuevos, (de Bejucal), participa como sanitaria en la movilización durante la Crisis de Octubre y colabora como profesora(entre 1962 y 1965) por lo cual fue seleccionada alumna ejemplar e integra la UJC. También cumple su sueño de estudiar Medicina en la Universidad de La Habana y al graduarse brillantemente, fue seleccionada como investigadora en el Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CNIC).

Un diálogo del Comandante en Jefe Fidel Castro con los jóvenes graduados (1968), le hace cambiar su perfil hacia la Veterinaria. “Era una época –recordaba Rosa-  que se impulsaban la Inseminación Artificial y el desarrollo de la ganadería y hubo una afectación en los sementales”. Se consagra así a la investigación en el Centro de Sanidad Animal (Censa), de San José de las Lajas. En 1969 fue nombrada Jefa del Departamento de Virología.

Empeñada en descubrir la absorción viral y la propagación de los virus, realiza investigaciones en instituciones cubanas y de otros países, como Francia (Instituto Pasteur, la Escuela de Veterinaria D´Alfort y la Estación Experimental de Virología en Aviñón), Canadá, Jamaica y Perú.

La pandemia desatada en Cuba por la misteriosa introducción de la Fiebre Porcina Africana, causante de enormes pérdidas en la producción y daños económicos incalculables, ubicó a Rosa Elena en primera línea del enfrentamiento a dicha infección. Su experiencia, el método empleado y el estudio que realizó le servirían para merecer el título de Doctora en Medicina Veterinaria (1975).

Nombrada Directora del Centro Nacional de Sanidad Agropecuaria (Censa) y presidenta de su consejo científico, elegida miembro del Consejo de Dirección del Instituto Superior de Ciencias Agropecuarias de La Habana, experta en Virología para la FAO (Organización para la Agricultura y la Alimentación de las Naciones Unidas), se consagra a prevenir y tratar enfermedades en animales y plantas propias del Trópico, continúa sus investigaciones en Virología e interviene en numerosas conferencias, congresos y talleres nacionales e internacionales, incluyendo una consulta de alto nivel entre ministros de medio ambiente de América Latina, celebrada en Washington, EEUU.

En 1985 fue designada Presidenta de la Academia de Ciencias de Cuba y de la Comisión Nacional para el Medio Ambiente y los Recursos Naturales, por lo cual representó a Cuba en la Cumbre Mundial Río de Janeiro (conocida como Cumbre para la Tierra) en 1992 y dos años más tarde en la Cumbre de las Naciones Unidas.

Fue elegida miembro del Comité consultor de la Naciones Unidas para la Ciencia y la Tecnología (1995), perteneciendo ya a la Asociación Cubana de Microbiología, Asociación Latinoamericana de Producción Animal, Sociedad de Microbiología de Príncipe Leopoldo (Bélgica), Sociedad Cubana de Ciencias Veterinarias y fue miembro de las Academias de Ciencias de México y Santo Domingo.

Un capítulo no menos luminoso en su vida fue fundar y sostener un hogar junto a Ramón Ortiz, su esposo, otro grande de la ciencia cubana. Sobre tal circunstancia reflexionó Rosa Elena en algún momento: “En cuanto a ambiciones, sí creo que las mujeres tienen menos ambiciones en los ámbitos de la ciencia, no se proponen metas, sobre todo en cuanto a acceso a cargos directivos en ciencia y tecnología. Muchas de nosotras hemos llegado a altos niveles de decisión sin habérnoslo propuesto a priori. Sin embargo, los hombres sí ansían cargos directivos, se trazan propósitos y ambicionan (en el sentido sano) ser jefes de un departamento o de un laboratorio o de un instituto científico.

Existe una preferencia de las mujeres por las carreras de las ciencias sociales y en ciencias duras son menos, pero es por tradición y no por capacidades y talento” /…/ Mi esposo era un ejemplo de persona que reconocía la verdadera igualdad de la mujer. Él tenía una altísima comprensión del trabajo que yo realizaba y viceversa”. Consideró siempre que el aporte de ella era mucho más grande que el de él.

     Rosa Elena fue electa miembro del Comité Central del Partido, del Comité Nacional de la Federación de Mujeres Cubanas, diputada a la Asamblea Nacional del Poder Popular (desde 1986), e integrante Consejo de Estado de la República de Cuba. En 1994 se crea el Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (Citma) y es designada Ministra.

En la plenitud de su entrega vivía también su plenitud, ternura y sencillez. “Mi madre –evoca su hija Rosa Elena-  tuvo una gran preocupación por las tareas de la casa, a pesar de que dedicó mucho tiempo al trabajo y a la Revolución /…/ siempre decía que todos los miembros de la familia debían tener buena comunicación y que debíamos estar muy unidos. /…/ Nunca se sintió por encima de nadie ni consideró que tenía la última palabra, pensaba que había que escuchar para llegar a un consenso, escuchar siempre al pueblo, para saber cómo estaba el ánimo de la gente y qué se podía hacer para ayudar a levantarlo. No se consideró jamás merecedora de bien alguno que la diferenciara del resto de los compañeros”.

Por si fuera poco, combatió en recio silencio por 14 años una enfermedad mortal, pensando más en el prójimo que en sí misma y con la convicción indeclinable de la ciencia como energía transformadora y cotidiana de mejoramiento humano, económico y del medio ambiente.

Con 61 años de edad, y siendo Heroína del Trabajo de la República de Cuba, nos dejó Rosa Elena (22 de octubre de 2004) su paradigma de científica, revolucionaria y mujer, capaz de obrar cariño y luz en cada de hecho de su vida.

(Notas: Tomadas deEcuRed y multimedia Rosa Elena, una mujer extraordinaria.)

 

Por Omar Felipe Mauri

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