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Evocación a la Cultura

No recuerdo en este instante quien fue el autor latinoamericano de estas sabias palabras, pero lo que más vale, en verdad, es la esencia que trasmiten: No existen pueblos divorciados de sus costumbres, civilizaciones intangibles en el tiempo, ni humanos ajenos al inmenso poderío de su raza, porque raza y pueblo han pasado a ser dos conceptos sociales que definirán siempre a un elemento cardinal: la cultura.

Tal vez algunos piensen que al hablar de cultura en nuestra sociedad, estamos solamente adjudicándole importancia a la creación artística. Cuando los cubanos nos referimos a la cultura, nos cuesta trabajo reconocer que es un campo social ilimitado, de amplio espectro y de gran irradiación.

Los niños, justo por su corta edad, asocian el término cultura únicamente al saber. Los pioneros también la consideran como ese acto semiartístico en el cual son incluidos por el maestro o maestra, y que deriva en la realización de un matutino escolar, una tarea organizada desde una institución de la comunidad (museo o biblioteca) o la asistencia a una gala político-cultural.

Los abuelos, con esa visión determinante, conservadora y generacional, relacionan la incultura con el analfabetismo y a la cultura con los dones del conocimiento o la educación formal. No es un error. Se sabe que poseer determinada formación académica contribuye notablemente a aumentar nuestro intelecto y a poseer dominio y mejor comprensión sobre temas de interés que resultarían muy difíciles de entender si no estuviéramos preparados en ese sentido.

Pero cultura va más allá de ese poder que tiene la información como el recurso del siglo en que se ha convertido. Es un proceso que actualmente rige absolutamente todo en la interacción entre los seres humanos. Sociólogos aluden a las culturas como un sinónimo de civilizaciones. Y es que desde tiempos remotos costumbres y tradiciones, modos de vida, lenguajes comunes, identidades, experiencias traspasadas de una a otra generación, fueron los aglomerantes que enriquecieron al término en sí mismo.

El impulso de las artes, los espacios de creadores, la reanimación cultural en comunidades desfavorecidas, las muestras de solidaridad hacia otras naciones, colaboraciones con otros países y el intercambio en diferentes materias, favorecen también el prestigio que ha alcanzado la cultura cubana en todos estos años de Revolución, como espada y escudo de la Nación.        

Hoy seríamos insensibles y desafortunados individuos si careciéramos de esa cultura política que solo se desarrolla cuando nos miramos frente al espejo de la historia contemporánea, o al leer noticias, escuchar la radio o seguir de cerca los noticieros. Hoy no entendiéramos de fármacos, deportes, recetas de cocina o huracanes si no hubiésemos conquistado como pueblo eso a lo que llamamos cultura médica, deportiva, culinaria o meteorológica, respectivamente.

El cubano es un ser instruido. El cubano no calma nunca su sed de saber cada vez más sobre algo. Somos curiosos. Nos identificamos por preguntar y preguntar constantemente cuando tenemos alguna duda, hasta alcanzar la respuesta. Y pretender saberlo todo podría lucir una exageración, pero conocer indudablemente aporta nutrientes a nuestra cultura popular: esa crecida al calor de emblemáticos hábitos, rituales, aportes mágico-religiosos y costumbres que poco a poco conforman nacionalidad e idiosincrasia.

Ese ajiaco -como lo llamara Don Fernando Ortiz- creado con múltiples ingredientes, es la cultura nuestra. No carece de raíces: está sólidamente afianzada a patrones autóctonos, genuinos e innatos, sean urbanos o rurales. Quizás  destella salpicada con pinceladas foráneas, asimilada tras las mezclas históricas del negro y del blanco, del aborigen, el criollo y del español. Tal vez en estos tiempos actuales haya calado más hondo en el sentir de quienes vienen hasta Cuba y hallan en su geografía valores tangibles y únicos que revelan quiénes somos y cómo hemos llegado hasta el presente; pero eso sí: esa cultura nos retrata ante el mundo marcando diferencias provechosas que constituyen nuestro sello de cubanía, ese que disfrutan los extranjeros al contacto con la Isla y sus habitantes, justo desde el arribo de Cristóbal Colón.

Por Ernesto M. Sarduy Lorenzo

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