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Cuando nos hace falta un libro…

Bibliotecas y librerías son los espacios comunitarios por excelencia para adquirir un libro; por supuesto, siempre que exista. Enfatizo en esto último porque con el desarrollo vertiginoso que experimenta el planeta en tecnologías de la información, ya es más frecuente hallar un libro en formato digital que en el tradicional soporte físico de papel.

Admiro el rol de las editoriales en Cuba, siempre consagradas al logro de diseños atractivos, mediando durante la gestión entre exigencias diversas y responsabilidades tipográficas de los talleres de impresión. Es  cierto que han sobrevivido a crisis de todo tipo, a la escasez de materias primas en los años duros del Período Especial. Algunas sufrieron transformaciones y otras surgieron al calor de los últimos años. Recuerdo que en mis años de infancia algunos libros de editoriales soviéticas tuvieron mucha acogida en nuestro país por la notable calidad en sus ilustraciones y encuadernaciones, como una edición especial con letras blancas sobre páginas negras de La Noche, excelente obra para niños de la autora cubana Excilia Saldaña.

Sin embargo, toda institución insertada en ese sistema se vuelve vulnerable y blanco de críticas, sobre todo cuando la población no asimila las respuestas: de ese título solo nos quedaba un ejemplar y ya no existe, ese libro no lo tenemos, o esa obra nunca más se ha editado.       

Debilidades comunes 

Cada año se celebra en Cuba una edición más de la Feria Internacional del Libro y la Literatura, evento que engalana al universo de las letras y se dedica a un país en específico para homenajear editorialmente a sus autores y títulos icónicos, ya sea por tratarse de clásicos o novedosa literatura necesitada de ser conocida. Luego, la Feria se extiende a cabeceras de provincias en subsedes a donde llegan si no todos, al menos una significativa muestra de libros. Presentaciones, lanzamientos, tertulias, exposiciones, conversatorios, homenajes, ventas: toda una urdimbre de manifestaciones que elogian al arte de la literatura en todos los sentidos. Sobre ese espíritu mercantilista de la venta subyace la pasión de muchos por colectar nuevas ediciones, libros de cabecera, autores clásicos o contemporáneos, buena literatura, según los fieles lectores. Comúnmente, junto a las constantes polémicas sobre precios o debilidad en algunos géneros persiste en el sentir del público lector otra controversia: muchas demandas no logran ser satisfechas.

Por otra parte, las bibliotecas públicas, que adquieren su fondo bibliográfico fundamentalmente por las vías de canje, compra, donativos y cumplimiento del Decreto Ley 265 (1999), tienen en las ferias una oportunidad de obtener mediante compra ejemplares que de acuerdo a sus estudios sobre demandas de usuarios y a la experiencia técnica para el correcto proceso de selección contribuirán a enriquecer y actualizar sus colecciones. Sin embargo, la mayoría de las veces, algunos títulos se agotan antes, por tratarse de ediciones limitadas o haber tenido buena aceptación y por consiguiente, una buena venta desde los recintos feriales. Es por ello que el público lector asiduo a las bibliotecas no encuentra en ocasiones un determinado libro de su interés, promovido en una feria recién concluida. A pesar, las bibliotecas tienen otros mecanismos institucionales que de algún modo, a mediano o largo plazo, pueden satisfacer o suplir algunas ausencias bibliográficas.

Al centro del problema

Cuando se analizan a fondo estos problemas derivados de políticas editoriales e inherentes a las ferias del libro, librerías y bibliotecas, salen a la luz criterios similares que van desde las quejas por los altos precios de algunos libros hasta la no correspondencia con demandas de un determinado público lector. Los esfuerzos del Instituto Cubano del Libro (ICL) y de sus Consejos Provinciales son considerables en virtud de poner a disposición de públicos exigentes los frutos de las editoriales, pero persisten incongruencias basadas fundamentalmente en los precios por costo de producción, o errores a la hora de aprobarse grandes tiradas para un título que no tendrá la venta o aceptación estimada. En ello influye, por supuesto, el Ministerio de Cultura, con la política cultural que ejerce en toda su estructura ramal mediante el diálogo permanente y la activa participación de intelectuales en la formulación de sus programas y proyectos, y las opiniones recibidas de los distintos públicos sobre su labor.

Queda, entonces, esta pregunta latente: ¿Cómo contribuyen las bibliotecas a monitorear y conocer con precisión las necesidades reales de la población en libros o autores durante este proceso? La respuesta es bien sencilla, pero deja en el aire otras interrogantes derivadas.

Anualmente, las bibliotecas públicas municipales deben dominar e informar el comportamiento de gustos y preferencias lectoras en sus comunidades, lo que se traduce en: títulos y autores de mayor demanda (agotados o en existencia), información esta que debiera servir como premisa para priorizar sus ediciones. Un libro nuevo, siempre es bien recibido por un grupo de lectores interesados en su tema, seguidores de su autor o adeptos a su género literario, pero una reedición, también es aceptada con creces. Conozco personas que se pasan años añorando la reedición de un libro… que nunca llega.

Valdría la pena, entonces, repensar y analizar qué está fallando en todo este proceso que constituye una cadena, o más bien un ciclo de producción literaria, donde a fin de cuentas, la primera palabra nace del escritor, pero la última palabra la tiene el lector.                 

Por Ernesto Sarduy

Foto Internet

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