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¿Solo apagar las velitas?

“¡Si no hay piñatas, regalos y un payaso no quiero cumpleaños!”. Reclamaba así aquel niño ante la propuesta de su madre de organizarle el conocido pica cake junto a los compañeritos de la escuela. Pareciera que es más creciente el fenómeno de la intromisión en el ámbito infantil de conductas propias de los adultos; o quizá la inocencia se olvidó de nuestros pequeños.

Inquieta apreciar que el momento de celebrar en familia un año más de la llegada de los hijos, devenida tradición en Cuba, se esté convirtiendo en espacio cada vez más lejano de su esencial propósito.

Lo que significaba alegría se torna intranquilidad y preocupación: ¿en qué local de “moda” se realizará la fiesta?, ¿Cuántos serán los invitados privilegiados?, ¡el cake tiene que ser el más pomposo y adornado!, el buffet, ¿quién se encarga?, piñatas, rifas, payasos, regalos… Como si lo material fuera directamente proporcional a la dicha del agasajado, quien, por cierto, en la mayoría de las ocasiones es el que menos disfruta.

Y la cuestión no acaba aquí. Una vez lograda la proeza de celebrar con bombos y platillos, gastos exagerados mediante, llega la tan milimétricamente planificada fiesta. Es entonces cuando al homenajeado lo “disfrazan” con un atuendo nada acorde a su edad, la música ¿infantil? resuena estridente y, para colmo de males, no queda un chiquillo que no  mueva su cuerpo al ritmo de las sonoridades reaggetoneras de moda.

¿Dónde quedaron las celebraciones en las que para pasarla bien bastaba con pocos recursos materiales? Recuerdo que hace unos años, cuando aún era una niña, jamás una fiesta de cumpleaños fue motivo que provocara estrés familiar, mucho menos causa de bancarrota hogareña. Eran tiempos en los que, de la inventiva y la iniciativa propias de los cubanos, surgían ingeniosas ideas y se agasajaba al homenajeado de acuerdo con las posibilidades económicas de cada quien, sin que ello fuera motivo de vergüenza.

Un poco de sirope y hielo para el refresco, los bocaditos aderezados con la pasta que hizo la tía , los dulces caseros, las croquetas preparadas según la receta socorrida de las abuelas, la familia reunida y la complicidad de compartir travesuras con los más entrañables amigos, era lo único necesario para tener un feliz cumpleaños.

Ahora, alarma percatarse cuánto nos vamos alejando de ese sano disfrute en detrimento de la inocencia y los mejores valores de nuestra sociedad. A los  medios, la escuela y el hogar corresponde formar a las nuevas generaciones y contribuir para que el momento del cumpleaños solo traiga consigo el regocijo de apagar velitas.

Por Iveett Valdés Betancourt

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