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Como muchas sociedades, el pueblo de Cuba tiene amuletos tradicionales y talismanes que forman parte de ese misterioso inconsciente colectivo, y que han pasado de generación en generación hasta nuestros días.

Los cubanos conceden a esos amuletos múltiples y variadas funciones. Por ejemplo, nos sirven para ahuyentar la mala suerte, las malas influencias, hasta el mal de ojo. Dependiendo de nuestras creencias, nos proporcionan salud, amor, prosperidad, fortuna, fama y seguridad, entre otros muchos “beneficios”.

El diente de ajo en el monedero o una hoja de vencedor en la oreja, se emplean para la buena suerte y espantar las malas miradas.

Con este mismo fin, tenemos la tirita roja o los cascabeles en el tobillo izquierdo, en la bicicleta o colgando del espejo retrovisor del carro.

Contra las malas lenguas, en una esquina de casa ubicamos un platico con un ojo de madera y una lengua atravesada por un clavo.

Para alejar los enemigos, las visitas inoportunas y enfermedades, colocamos guano vendito tras la puerta principal o un escaparate.

En la cuna del bebé o en su ropa, un azabache y los ojitos de Santa Lucía para evitar el mal de ojo. Si quieres convencer a alguien de algo, una astilla de canela en la punta de la lengua.

Asimismo, el vasito espiritual con agua como resguardo bajo la cama protege a la persona y nos garantiza excelentes sueños.

Y el que no podía faltar, una cruz de cascarilla en la planta del pie antes de salir de casa, garantiza un buen día.

Podemos creer o no en la eficacia de estos resguardos, pero nadie podrá negar que forman parte de nuestra cultura nacional.

José Montero Montero

 

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