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La cruz del carbonero

CUBA CARB_N (2) (2)Nadie sabe el nombre ni la procedencia de aquel solitario que vivía en la cresta de las lomas de Bejucal dedicado a las faenas del carbón. Poco se le vio andar por las calles del pueblo. La tierra y el carbón le procuraban todo lo necesario para vivir. Junto a su choza pasaba el antiguo “camino de la sierra”, una senda para caminantes y arrias que atravesaba El Cacahual y llegaba a Santiago de las Vegas.

Contra el cielo se recortaba aquella figura ciclópea, encorvado ya por los años, con el hacha formidable, la pala o el rastrillo al hombro, atendiendo los conos humeantes de los hornos. Desde el pueblo parecía un hacedor de volcanes.

Así envejeció y un día de 1920 (quizá antes o después, no se sabe) abandonó la vida.

Como todo ermitaño, aquel hombre se había preparado bien para la muerte, y más porque su oficio tan unido a la naturaleza, le había dado noches suficientes para meditar en los enigmas del destino.

Mientras envejecía, vio borrarse lentamente “el camino de la sierra”, que ya existía antes que los ingleses ocuparan esas alturas y fijaran ahí el límite de la ocupación de La Habana en 1762. El tránsito automotor por carretera terminó con aquella senda y el carbonero fue quedando solo.

Sin embargo, a los pocos caminantes que seguían el camino de la sierra solía decirles que lo enterraran allí, bajo una cruz de palo de monte que él mismo había preparado, y de ser posible, lanzaran una piedra sobre su sepultura. La petición llevaba la majestad de un rito.

Consumido por vapores y lunas, impregnado del polvo de carbón que ocultaba su piel blanquísima de un origen remoto (tal vez de Canarias o Galicia), apareció en su hora final. El veterano Don Eulogio Pedroso, capitán del Ejército Libertador, nacido en La Salud y establecido con su familia en aquellos parajes, encontró el cuerpo sin vida del carbonero. Al parecer, fue  quien más lo conoció y por eso cumplió su última voluntad.  Quizás la primera piedra que cayó junto a la cruz fue lanzada por el propio Don Eulogio.

Junto al camino, la cruz de dos metros de alto que marcaba su tumba, se fue rodeando poco a poco de piedras. En respetuoso silencio, los caminantes lanzaban una piedra y pedían un deseo.

Semejante costumbre se verificó en varios pueblos antiguos del mundo, sobre todo del hebreo. ¿Cómo llegó entonces y se estableció en un lugar tan inaccesible, permaneciendo como una costumbre durante mucho tiempo?

Hacia 1965, la cruz había desaparecido dentro de una enorme loma de piedra.

Años después, se limpió de maleza y se nivelaron las tierras de la zona. Los buldózer barrieron con aquel promontorio y el secreto de cada uno de los deseos amontonados allí. Sin embargo, misteriosamente volvieron a amontonarse las piedras y comenzó a crecer un nuevo promontorio en el lugar de la cruz del carbonero.

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