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Brevísimas reflexiones para oídos receptivos

17619795_1863361363902702_1357679300_nEn más de una ocasión se nos ha oído decir que a la pasión magisterial de tres profesoras debemos el haber elegido estudiar la ciencia que se define como “diálogo sin fin entre el presente y el pasado” para dedicarnos luego a investigar y escribir sobre el devenir de la ciudad que nos acoge y del país que nos define. Nunca supimos hasta qué punto ellas se apegaban estrictamente al programa de estudio diseñado desde las instancias superiores o de cuántas licencias se tomaban, como todo buen creador, para hacer más amenas y atractivas sus clases, suponemos que había más de lo segundo que de lo primero. Lo cierto es que aprendimos entonces lo mínimo imprescindible para sentirnos patriotas y admirar profundamente a una galería de ilustres hombres y mujeres que nos antecedieron en el tiempo.

Pero nuestro interés sobre los contenidos de estudios que se imparten en la asignatura Historia de Cuba desde la enseñanza primaria hasta la preuniversitaria es más bien reciente. A fuerza de escuchar a funcionarios, colegas y alumnos hablar sobre cómo hacerla atractiva nos preguntábamos: ¿los contenidos impartidos en cada localidad se nutren de la producción de los profesionales de esta importante ciencia social? Y hasta ahora la respuesta es negativa o, para no ser absolutas, diríamos que no es suficiente o que no se aprovecha en todo su potencial este cuerpo bibliográfico; las causas de que así sea no las conocemos aún, pero es un hecho que palpamos en nuestra propia obra y en la de otros colegas con quienes hemos conversado sobre el tema. Porque resulta que no se trata solamente de que el maestro o profesor sea un buen comunicador, sino de que se prepare y actualice con la obra de quienes trabajamos con dedicación y no pocos sacrificios para desentrañar el pasado, explicar los fenómenos sociales y, sobre todo, superar estereotipos, visiones incompletas, parcializadas y rechazar a los revisionistas de acontecimientos, personajes y procesos del devenir histórico cubano que nunca han faltado, pero que ahora están más activos que nunca.

Sabemos que los programas de Historia que, en estos momentos, reciben los estudiantes de quinto, noveno y onceno grado son, en lo que cabe, abarcadores e inclusivos; que desde el más alto nivel del Ministerio de Educación se le ha otorgado a los municipios una autonomía para obrar a favor de enseñanza de la llamada historia de la localidad que no tenían hace veinte años. Sin embargo, tal independencia puede ser contraproducente si no se insiste en “orientar desde arriba” una mayor atención hacia la producción intelectual que se publica sobre el país y la propia localidad, tanto por las editoriales territoriales (ver el catálogo de la antigua Unicornio y la actual Montecallado) como por las nacionales, o para que se tomen en cuenta como vía de superación y actualización las conferencias impartidas por relevantes intelectuales, así como los cursos y eventos que se programan en los territorios por otros organismos. Y decimos contraproducente porque los maestros y profesores, por las razones que sean, pueden optar por salidas rápidas como enviar a los educandos al museo correspondiente donde tendrán acceso a trabajos y ponencias realizados por los técnicos de estas instituciones, pero que no responden a los requerimientos de la enseñanza, sino a objetivos puntuales como un nuevo montaje museográfico o congreso de la especialidad. Pero, además, hacerlo sin la debida vigilancia sería cuando menos estimular en los alumnos vicios como la repetición, el memorismo y el dañino corta y pega que tanto se ha criticado.

Un buen educador encontrará siempre la manera de aplicar y explicar los hechos nacionales e internacionales a escala local, el alumno se asombrará de conocer que su pueblo tuvo una participación, cualquiera que sea su magnitud, en una determinada epopeya patria. También debe ser instruido en la historia cultural de su patria local, en aspectos de su vida cotidiana, conocer personajes que contribuyeron a la libertad que hoy se disfruta y al desarrollo de la espiritualidad. Y, hasta donde alcanzan nuestras referencias, los programas no comprenden estos aspectos como tampoco existe en ellos la visión provincial que tanta falta nos hace y que propiciaría que los niños y jóvenes de Bejucal conocieran en las aulas que existen pueblos con tradiciones e historias distintivas como Nueva Paz, Güines o Santa Cruz del Norte, y que el resto de los estudiantes sepan que la primera ciudad fundada en la actual provincia Mayabeque es mucho más que Las Charangas, que el primer tramo de ferrocarril de Cuba o que la cuna del coronel Juan Delgado González.

En estos días la palabra Historia se ha hecho una constante en boca de todos los actores de la escena político-social cubana, así se le ha calificado de arma de combate, se nos ha llamado a su rescate, a su enseñanza, a que se le divulgue, a que se le defienda. Sin embargo, a nosotras que nos consideramos historiadoras marxistas aunque el nombre del ilustre alemán no aparezca en las páginas que hemos escrito, nos sorprende y preocupa que casi nadie reflexione acerca de lo más importante, a saber: ¿cuál historia es preciso salvar? ¿Cuál emplear como arma? ¿Cuál enseñar y divulgar? Pues si es la misma que nos presenta al negro en la faceta de víctima a redimir, estamos eternizando el racismo; si es la que nos habla de las fundaciones españolas y parafraseo las palabras del historiador y politólogo Fernando Martínez Heredia: “sin rendirle homenaje a los que pelearon contra los invasores”, estamos lanzando un manto de silencio y olvido sobre el nefasto colonialismo español; si somos remisos a erigir un busto a un luchador como José Antonio Aponte o indicar, con una sencilla tarja, que el acueducto de Albear, maravilla de la ingeniería cubana, fue construido con el trabajo de miles de africanos y africanas, no vemos la manera de que la historia nos salve de los peligros que acechan.

Confiemos, una vez más, no obstante, en que, con el concurso de todos, el aula sea el espacio para llevar a las futuras generaciones de cubanos la historia patria que demanda estos tiempos.

Por Aisnara Perera Díaz y María de los Ángeles Meriño Fuentes

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