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El Poeta del Moncada

16809877_1842808819291290_165209914_nFragmentos de la intervención de Jorge Gómez durante la reapertura de la Biblioteca Provincial en Güines


 

No recuerdo a Raúl en Güines. Mi abuela se había mudado para La Habana buscando mejor fortuna. Nunca la encontró. Después fuimos nosotros los que nos mudamos y complicamos más la vida de mi abuela y mis tíos. Y allí estaba él.

La mayoría de los compañeros de estas batallas saben que soy de Güines y de los vínculos familiares que me unen con Raúl Gómez García, cuyo nombre lleva con orgullo esta biblioteca.

Tuve la suerte de conocer y querer mucho a Raúl antes de que fuera un símbolo, un inalcanzable cuando era solo Raúl, mi tío, un tipo bastante especial.

Y como eso es lo único que me distingue de ustedes hoy, no podría hacer otra cosa que hablarles de Güines y de Raúl, mi tío.

Raúl tenía también sus misterios: un mimeógrafo en el cuartico de arriba donde pasaba horas y horas trabajando; amigos que entraban y salían del cuartico por el pasillo de al lado, discutían, escribían en una Remington desvencijada, y le decían Viejita a mi abuela que parecía conocerlos a todos.

También tenía algunos libros de autores con nombres sonoros y complicados: Voltaire, Descartes, Ingenieros… al lado de las obras completas de José Martí.

No pude comprender que cayera preso aquella vez. La cárcel era para los malos. Tampoco que una abogada que se llamaba Melba lo fuera a defender, y para eso  estaba allí hablando con mi padre y mis tías. Abuela no hablaba, solo la miraba con una enorme ternura y con el brillo inolvidable de sus ojos secos y profundos.

Mucho más difícil, casi imposible, era entender unos meses  más tarde que a partir de aquel domingo ya no lo volvería a ver. Pero así fue. Se acabaron las poesías, los pitenes de los domingos, el voleibol y las muchachas que coreaban el teatro de Esquilo.

Ahora las obras completas de José martí eran mías; mi abuela me las regaló sin una lágrima en los ojos. Ella también me dijo que el 26 era el día más alegre de la historia. Pero él nos siguió haciendo una falta enorme. Todavía nos falta.

Si hubiera podido elegir, lo habría elegido entre todos los dioses, pero no pude, como nadie puede. Las causas y los azares se entrelazaron, se encontraron, invisibles y poderosos. Y así llegué a ser su sobrino. No hice nada para merecerlo. Cada día siento una deuda mayor y la inminente certeza de que es también una deuda impagable.

Si de algo puede servir, les agradezco a todos que lo mantengan vivo, que no olviden su obra inconclusa y que no         me dejen olvidar esa deuda, que seguramente no es solo mía.

 

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